“Cuando era pequeño los demás se reían de mi por ser distinto…ahora yo me río de los demás por ser iguales”
Kurt Cobain
“La biografía del labrador es el surco”
Emilio Porta
Página de creación literaria del escritor Emilio Porta.
“Para el escritor conformar un universo propio con las armas que tiene, el conocimiento del lenguaje escrito y su capacidad de observación y expresión, es crear su propia identidad y su ámbito de comunicación. El silencio y la palabra se combinan, incluso en los mensajes emitidos, con la interacción a través de esos elementos e incluso otros, como la imagen y la música, para establecer los lazos que conllevan el establecimiento de vivencias y situaciones compartidas que alejan el fantasma de la nada”
A María Porta y Araceli Martín.
1.- En casa de mi abuela todo giraba en torno a la mesa camilla en la que esperaba a los nietos, en la que ella apoyaba sus manos y sus labores mientras íbamos, cada tarde, llegando. El nombre de mi abuela era María. María Porta. Era de Castejón, un pueblo de Cuenca. Siempre llenábamos su casa de pasos, que ella no oía, pues su sordera le hacía creer que la habitación era una nube en la que sus nietos aparecían de repente sin hacer ruido. Gracias al silencio de mi abuela, y a su bondad, recuerdo aquellas visitas como la primera piedra en que apoyé la mirada necesaria para ver el mundo con otros ojos. La historia de su nombre es la historia del mío. Supongo que el pasado es lo que nombra siempre nuestro presente.
2.- Ara era costurera. Era de un pueblo de Salamanca, de Béjar. Y allí, seguramente, la tierra del buen paño, aprendió a coser la vida desde muy pequeña. Tuvo que hacerlo desde muy pronto, pues a los catorce años se quedó a cargo de sus cinco hermanos menores. Ara aprendió a vestir y cuidar a sus niños, a sus hermanitos. Y a sacarlos adelante cosiendo. Un día, pasado el tiempo, aprovechando mi estancia en un campamento de verano en Candelario, mi madre la llevó de nuevo a Bejar, al santuario de la Virgen del Castañar, donde se casó, y adonde no había vuelto desde jovencita. Recuerdo a mi abuela subiendo aquellas escalinatas de piedra hasta la entrada y pensando que, después de todo, la vida tenía sus recompensas. Yo aprendí a leer con los tebeos que ella, con sus escasos ahorros diarios, me traía cuando venía casa. Ella también me hizo crecer.
Entrar diariamente, y sin miedo, en la jaula de los leones, que es el planeta, requiere entereza y seguridad. Requiere valor, requiere saber donde estás y como moverte. Y, sobre todo, requiere tomarse una taza interior de adrenalina – la droga más legalizada y fácil de conseguir pues la produce nuestro propio cuerpo – que nos permita estar atentos y, a la vez, sentir que tenemos detrás de nosotros todo un mundo de energía que nos permite afrontar lo que nos echen. Dicen que, en las batallas, no hay tiempo para pensar, solo para ejecutar la tarea de la supervivencia. En las guerras las enfermedades bajan y la Primavera ni se nota. Es más, se aguantan los inviernos y las heladas como si el clima fuera el de una playa tropical. ¿Hambre? ¿Qué es eso? ¿Sed? Nada, hombre, nada, se aguanta perfectamente ¿Dolor físico? Pues no hay problema: incluso con una bala a la altura del corazón te arrastras hasta el refugio más cercano. Pero no, no se trata de ese tipo de guerras: se trata de la vida, de nuestra vida diaria, con picos y valles, con conflictos interiores y exteriores. En esa vida, la adrenalina no es un peligro: es una compañera fiel que nos empuja a arrostrar los problemas como si no lo fueran, que nos dice: “Amigo, o te levantas...o te has caído con todo el equipo” Y claro, si uno no es del todo tonto, sabe que, el equipo – impedimenta se llamaba en latín al tema y aún en alguna lengua romance – termina por hundirte, por muy bien que nades, si no sabes desprenderte de él y llegar a la orilla. Esa orilla que, normalmente, a pesar del esfuerzo realizado para alcanzarla, no te permite descansar del todo. Porque en ella se asienta el circo y tu puesto no lo decides tú, sino el dueño de la carpa. Y, como se empeñe en que te toca hacer de domador…o de payaso, lo tienes claro. A hacer la función, que hay que ganarse el sustento. No queda otra.
Emilio Porta
La suerte de poder imaginar es que convertimos la irrealidad en realidad. Todo lo que pasó y ha sido permanece, mezclado con lo que pasó, aunque no haya sido. Siempre he pensado que los personajes de todos los relatos y todas las novelas son tan reales o más que sus autores. Ese camino de descubrimiento de las sensaciones que discurre entre la mente y el corazón siempre tiene destinatario.
Aunque no lo conozcamos. O esté oculto en el misterio de ese universo que fue de papel y ahora es de aire. Ambos son la memoria. Y la memoria, propia o ajena, es el testimonio de todas las historias. Esas que nos permiten que la añoranza o la nostalgia sean siempre un motor, no un baúl cerrado.