La suerte de poder imaginar es que convertimos la irrealidad en realidad. Todo lo que pasó y ha sido permanece, mezclado con lo que pasó, aunque no haya sido. Siempre he pensado que los personajes de todos los relatos y todas las novelas son tan reales o más que sus autores. Ese camino de descubrimiento de las sensaciones que discurre entre la mente y el corazón siempre tiene destinatario.
Aunque no lo conozcamos. O esté oculto en el misterio de ese universo que fue de papel y ahora es de aire. Ambos son la memoria. Y la memoria, propia o ajena, es el testimonio de todas las historias. Esas que nos permiten que la añoranza o la nostalgia sean siempre un motor, no un baúl cerrado.
