Hace muchos años, de adolescente, visité por primera vez el Monasterio de Samos, en Galicia. Me pareció un lugar mágico. Un lugar donde el silencio y el recogimiento eran unos buenos compañeros de estancia y de viaje. Allí… algo cambio en mi vida. Una voz, mi propia voz , me dijo: “Vuelve aquí cuando lo necesites. Cuando necesites la soledad y la paz para ordenar tu existencia”.
Ha sido un largo invierno. Un tiempo donde el porvenir parecía no existir y el presente fue un largo camino donde hubo que reordenar, continuamente, los acontecimientos. Más de un día y otro día el horizonte era una maleta de plomo que apenas podía levantar. Y en esa maleta estaban mezclados obligaciones, tareas, y sueños. Y, al ir mezclados, los sueños se diluían adyacentes a las tareas. El ordenador ha sido, durante este tiempo, vía y camino, interior y exterior. Un amplificador de mi alma, constante en sus aprecios, constante en sus encuentros. Pero es un ordenador que no anda sólo, no es portátil. Tiene paredes fijas a mi casa, al lugar donde normalmente habito y trabajo la escritura. No viene conmigo, no puede hacerlo, el pobre no se puede mover. De esta forma, en este viaje que ahora emprendo, tendrá que esperar mi regreso. Si en Samos hay algún compañero movible que me preste, por unos momentos, su teclado, me asomaré a la ventana de lo necesario. Si no es así, haré incursiones premeditadas, confortado por los cantos gregorianos, desde algún pueblo cercano. Siempre me gustó esa palabra, gregorianos. Yo asociaba estos cantos, además de a la paz de espíritu, no a los del religioso que les da nombre, sino a los de Gregorio Samsa, el personaje de Kafka en La Metarmofosis que fue, a su vez, junto con su autor, personaje de uno de mis primeros relatos cortos de uno de mis primeros libros, Porlock, escrito en Inglaterra a la infinita edad, cronología prefiero decir, de veintiun años, y publicado hace tiempo. Sí, definitivamente mi Fujitsu se queda anclado y me esperará. Como todos mis escritos, acumulando esa mezcla final que será mi novela acabada e inacabada a la vez, que lleva por nombre La Espera, ese titulo completo e incompleto que puede que cambie, como cambia todo, como cambiamos todos también.
No, este no es el segundo capítulo, ningún capítulo, ¿o sí? , de ese libro. Esto es una página de mi impenitente Diario Sublunar, la 234, que escribo y se reescribe constantemente desde las perspectivas y las coordenadas de ahora, de hoy, que no dejan de ser mis perspectivas de siempre, sólo que más dañadas, aunque también más sabias. ¿Literatura y, por tanto, irrealidad? ¿O confesión y por tanto, realidad?. No, no creo que nos pongamos de acuerdo, ni siquiera creo que me ponga de acuerdo conmigo mismo. De hecho todo es una huida. Una huida, física o mental, que se vierte al papel, también real o imaginario, por donde transcurre nuestra existencia. Nuestra existencia de escritores, autores, constatadotes, viajeros, testigos, prisioneros y héroes.
Cuando esté en Samos, probablemente, la comunicación con el mundo exterior, con los otros, cese por algun tiempo, aunque no habré desaparecido.
Es curioso, las habitaciones y estancias de un monasterio se llaman celdas. Y, sin embargo, en ocasiones, son celdas para la libertad.
sábado, 19 de junio de 2010
sábado, 29 de mayo de 2010
LA ESPERA
“Al final vio cómo el dinero se convertía en agua de mar. Agua de mar que se escurría por un sumidero, empapando la arena imaginaria de una playa infernal. Y cada vez que la tierra se tragaba el agua, un humo gélido se desprendía del agujero por el que desaparecían todos sus sueños. Lo peor de todo es que no era un sueño. Se encontraba en una cámara oscura de enormes dimensiones en la que un tribunal de feriantes macabros y manipuladores se entretenían en hacer juegos de magia. Sus risas contrastaban con los sonidos que se escapaban de las celdas que, sin duda, se encontraban debajo. Allí mismo se podían escuchar diferentes lamentos y peticiones. Desde voces de adolescentes, a ancianos buscando a Dios el sordo. De vez en cuando, flashes de una película de lava ahogando a un cervatillo,o los ojos fijos en una muralla de cristal de una muchacha conservada en polvo blanco de estrellas, sobrevolaban la estancia. “Sigue...sigue, es cuestión de suerte - parecían decir los alguaciles - nosotros también fuimos como tú y ahora disfrutamos de una relativa buena posición. Se trata de saber engañar, de olvidar la conciencia como un residuo molesto y, sobre todo, de convencerse de que la lucha contra el Poder es una guerra perdida.”
Salió del banco con la sensación de que era un imbécil. Preocuparse de la imagen que podía dar al apoderado por no pagar la cuota del préstamo era un chiste. “Se trata de saber de qué lado de la raya estamos” le había dicho el director ante su primer incumplimiento. “Y usted y yo estamos de este lado de la raya, ¿verdad?”. Pensó en el lado de los muertos, el de los afectados por el huracán Mitch, o el de las víctimas del terremoto de Haití. Pensó en los miles de cuerpos retorcidos bajo el napalm y las bombas arrojadas por los aviones de los mercenarios de los gobiernos de Oriente y Occidente y empezó a vislumbrar que el lado del directivo bancario y el suyo no eran coincidentes. Una sonrisa idiota le permitió llegar hasta la puerta a duras penas y ni siquiera alcanzó a responderle. Salió corriendo pretextando un súbito dolor en un costado antes de que le dijera: “Cuídese y...espero que, en unos días, resuelva la situación”.
Pero la arena seguía tragando el agua lenta y sumisamente y quedaba un húmedo reflejo sobre la superficie, que era como la huella de lo que no poseía. Miraba al cielo y se decía: “Es azul. Es azul y está ahí, seguro que más cerca de lo que parece. Y esas extrañas nubes...” Sabía que el enorme habitáculo en el que había creído encontrarse no era real, sino una superposición que pretendía destruir su esperanza. Pero la inteligencia aplastaba los escasos intentos de futuro que alimentaban su resistencia.
Mientras, un enorme pájaro descendía del cielo a gran velocidad, como un mensajero, para llevarle, definitivamente, al círculo de la nada. Buscaba el llamado amor y sólo veía impotencia, buscaba la llamada amistad y una estentórea risa golpeaba sus tímpanos. Y, mientras tanto, el pájaro se acercaba amenazante, con sus afiladas y enormes garras, para cogerle de las solapas y llevarle al reino de nunca jamás.
Ya no le quedaban palabras para defenderse. Su escudo de pensamientos no le protegía más. Era como una masa de gelatina que se fundía con su antebrazo y le convertía en un inválido. Se acordó de Don Quijote y de todos los caballeros de buena voluntad y vio cómo los cuerdos ganaban siempre la batalla a los locos, y cómo la maldad no conocía ni compasión, ni límite continuado de incidencia.
Quiso agarrarse a las nubes, sabía que, aunque de algodón, eran su único asidero, el único lugar donde esconderse. Se acordó de la huida del capitán Jason en Master and Comander y de cómo la niebla le ayudó a escapar de la Fragata Negra cuando su navío estaba ya rendido y desarbolado. Se acordó del valeroso grumete que, con el brazo arrancado por la pólvora, aún confiaba en su capitán. Pero, ¿ por qué iba a ser él como Jason, por mucho que le incitara a ello el último libro de autoayuda que recordaba haber leído?. ¿Debía identificarse con Jason o con el esperanzado grumete?. De pronto se dio cuenta de que no le quedaba tiempo para el análisis. El pájaro clavó sus manos en su espalda y se elevó con él hacía el horizonte antes de que pudiera entrar en las nubes. El mar de la duda y la incertidumbre seguía a sus pies, calando un infinito agujero en la tierra y él, inerte y vencido, volaba hacia lo desconocido.
¿Era la muerte el destino del pájaro?. Nunca lo supo. Porque al llegar a la altura de su pasado le dejó caer en el aire. Y mientras caía, lenta, muy lentamente, las lágrimas llenas de preguntas sin contestar inundaron la visión de sus ojos a la vez que su mente se nublaba y buscaba, entre los resquicios del aire, una brizna perdida de esperanza.”
Salió del banco con la sensación de que era un imbécil. Preocuparse de la imagen que podía dar al apoderado por no pagar la cuota del préstamo era un chiste. “Se trata de saber de qué lado de la raya estamos” le había dicho el director ante su primer incumplimiento. “Y usted y yo estamos de este lado de la raya, ¿verdad?”. Pensó en el lado de los muertos, el de los afectados por el huracán Mitch, o el de las víctimas del terremoto de Haití. Pensó en los miles de cuerpos retorcidos bajo el napalm y las bombas arrojadas por los aviones de los mercenarios de los gobiernos de Oriente y Occidente y empezó a vislumbrar que el lado del directivo bancario y el suyo no eran coincidentes. Una sonrisa idiota le permitió llegar hasta la puerta a duras penas y ni siquiera alcanzó a responderle. Salió corriendo pretextando un súbito dolor en un costado antes de que le dijera: “Cuídese y...espero que, en unos días, resuelva la situación”.
Pero la arena seguía tragando el agua lenta y sumisamente y quedaba un húmedo reflejo sobre la superficie, que era como la huella de lo que no poseía. Miraba al cielo y se decía: “Es azul. Es azul y está ahí, seguro que más cerca de lo que parece. Y esas extrañas nubes...” Sabía que el enorme habitáculo en el que había creído encontrarse no era real, sino una superposición que pretendía destruir su esperanza. Pero la inteligencia aplastaba los escasos intentos de futuro que alimentaban su resistencia.
Mientras, un enorme pájaro descendía del cielo a gran velocidad, como un mensajero, para llevarle, definitivamente, al círculo de la nada. Buscaba el llamado amor y sólo veía impotencia, buscaba la llamada amistad y una estentórea risa golpeaba sus tímpanos. Y, mientras tanto, el pájaro se acercaba amenazante, con sus afiladas y enormes garras, para cogerle de las solapas y llevarle al reino de nunca jamás.
Ya no le quedaban palabras para defenderse. Su escudo de pensamientos no le protegía más. Era como una masa de gelatina que se fundía con su antebrazo y le convertía en un inválido. Se acordó de Don Quijote y de todos los caballeros de buena voluntad y vio cómo los cuerdos ganaban siempre la batalla a los locos, y cómo la maldad no conocía ni compasión, ni límite continuado de incidencia.
Quiso agarrarse a las nubes, sabía que, aunque de algodón, eran su único asidero, el único lugar donde esconderse. Se acordó de la huida del capitán Jason en Master and Comander y de cómo la niebla le ayudó a escapar de la Fragata Negra cuando su navío estaba ya rendido y desarbolado. Se acordó del valeroso grumete que, con el brazo arrancado por la pólvora, aún confiaba en su capitán. Pero, ¿ por qué iba a ser él como Jason, por mucho que le incitara a ello el último libro de autoayuda que recordaba haber leído?. ¿Debía identificarse con Jason o con el esperanzado grumete?. De pronto se dio cuenta de que no le quedaba tiempo para el análisis. El pájaro clavó sus manos en su espalda y se elevó con él hacía el horizonte antes de que pudiera entrar en las nubes. El mar de la duda y la incertidumbre seguía a sus pies, calando un infinito agujero en la tierra y él, inerte y vencido, volaba hacia lo desconocido.
¿Era la muerte el destino del pájaro?. Nunca lo supo. Porque al llegar a la altura de su pasado le dejó caer en el aire. Y mientras caía, lenta, muy lentamente, las lágrimas llenas de preguntas sin contestar inundaron la visión de sus ojos a la vez que su mente se nublaba y buscaba, entre los resquicios del aire, una brizna perdida de esperanza.”
jueves, 27 de mayo de 2010
PERSPECTIVAS DIFERENTES
- Te amo tanto... que no puedo vivir sin ti.
- Y yo te amo tanto, tanto... que puedo vivir sin ti.
( Este tercer relato dialogado señala dos pensamientos opuestos y tremendamente sencillos. La forma verbal es la misma. Los significados no. Con este texto pongo fin a esta triada de nanorelatos que han utilizado el dialogo simple de dos personas con frase de entrada y contestación)
- Y yo te amo tanto, tanto... que puedo vivir sin ti.
( Este tercer relato dialogado señala dos pensamientos opuestos y tremendamente sencillos. La forma verbal es la misma. Los significados no. Con este texto pongo fin a esta triada de nanorelatos que han utilizado el dialogo simple de dos personas con frase de entrada y contestación)
jueves, 20 de mayo de 2010
CONTRADICCION CONSECUENTE
- Estoy pensando en suicidarme...porque no quiero vivir.
- Yo también estoy pensando en suicidarme. Porque no quiero morir.
(Este es el segundo de los relatos mínimos basados en diálogos de dos frases. Hasta ahora se habían hecho nanorelatos basados en una frase que suponía una situación, una descripción de un hecho o un suceso, o una reflexión con un paisaje de fondo. Aqui quiero hacer que la propia vida (elíptica) sea el paisaje. Y que el suceso sea lo que pasa por el corazón y la mente de los personajes, los que hablan, los que dicen. Uno quiere irse porque detesta vivir. El otro no puede soportar la idea de la muerte...de tanto que ama la vida.
Pero, como díría alguno de mis críticos, ó incluso yo mismo: no expliques nada Port...el lector saca sus propias conclusiones. El lector es inteligente y sensible. Los tuyos parece que lo son)
- Yo también estoy pensando en suicidarme. Porque no quiero morir.
(Este es el segundo de los relatos mínimos basados en diálogos de dos frases. Hasta ahora se habían hecho nanorelatos basados en una frase que suponía una situación, una descripción de un hecho o un suceso, o una reflexión con un paisaje de fondo. Aqui quiero hacer que la propia vida (elíptica) sea el paisaje. Y que el suceso sea lo que pasa por el corazón y la mente de los personajes, los que hablan, los que dicen. Uno quiere irse porque detesta vivir. El otro no puede soportar la idea de la muerte...de tanto que ama la vida.
Pero, como díría alguno de mis críticos, ó incluso yo mismo: no expliques nada Port...el lector saca sus propias conclusiones. El lector es inteligente y sensible. Los tuyos parece que lo son)
lunes, 26 de abril de 2010
MICRORELATO MÍNIMO DIALOGADO
- Hola, me llamo Jaime. Soy escritor.
- Hola, me llamo Luis. Soy hablador.
REFLEXION A MODO DE EPÍLOGO.
Este relato tiene connotaciones, desde mi punto de vista, obvias.
Y sobre todo, profundas. Es un relato anti-ego, que nos conviene leer despacio, detenidamente, a los que escribimos, sobre todo a aquellos que creen que escribir es algo que está por encima de otras cosas, que entraña prestigio (?) en nuestra sociedad y una aureola de distinción.
Esto, sin duda, fue así en otro tiempo. En aquél en que los escritores pertenecían a una elite y formaban, prácticamente, una casta.
Hoy hay tal abundancia de escritores que pienso que deberíamos profundizar en el contenido de este relato: una vuelta al realismo, que yo llamaría “realismo desnudo”, y que se caracteríza, además, en este caso, por ofrecernos una narración ácida, sarcástica, lacónica, con las palabras exactas para lo sugerido y que nos hará reflexionar sobre nuestra idiotez al pensar que somos merecedores de gloria y alabanza y no darnos cuenta del ridículo que supone que el que escribe se considere un elegido de los dioses, un ser especialmente valioso y digno de las más altas consideraciones.
Y bien que lo siento, porque yo también soy escritor.
- Hola, me llamo Luis. Soy hablador.
REFLEXION A MODO DE EPÍLOGO.
Este relato tiene connotaciones, desde mi punto de vista, obvias.
Y sobre todo, profundas. Es un relato anti-ego, que nos conviene leer despacio, detenidamente, a los que escribimos, sobre todo a aquellos que creen que escribir es algo que está por encima de otras cosas, que entraña prestigio (?) en nuestra sociedad y una aureola de distinción.
Esto, sin duda, fue así en otro tiempo. En aquél en que los escritores pertenecían a una elite y formaban, prácticamente, una casta.
Hoy hay tal abundancia de escritores que pienso que deberíamos profundizar en el contenido de este relato: una vuelta al realismo, que yo llamaría “realismo desnudo”, y que se caracteríza, además, en este caso, por ofrecernos una narración ácida, sarcástica, lacónica, con las palabras exactas para lo sugerido y que nos hará reflexionar sobre nuestra idiotez al pensar que somos merecedores de gloria y alabanza y no darnos cuenta del ridículo que supone que el que escribe se considere un elegido de los dioses, un ser especialmente valioso y digno de las más altas consideraciones.
Y bien que lo siento, porque yo también soy escritor.
viernes, 9 de abril de 2010
NO FUERON TUS MANOS...
No fueron tus manos, sino las mías las que ganaron la pelea, a pesar del triunfo que te adjudicaron los jueces, Charlie. Estaba claro que, hiciera lo que hiciera, los apostadores no iban a perder su dinero y el “tongo” estaba decidido. Y no será porque no te puse un ojo a la funerala y te salté tres dientes, pedazo de burro, porque boxear, hijo, de lo que se dice boxear, no tienes ni puñetera idea… ¿Cómo es posible que estés imbatido en tus veinte peleas anteriores y diecinueve de ellas las hayas ganado por K.O.? Sí, llevas camino de disputar el Campeonato del Mundo...pero eres un lerdo, un soplagaitas que no tienes dos sopapos… Eso sí, se acabó la sonrisita y el guiño a las nenas al subir al ring, porque, con la manta de golpes que te di tienes para una reparación en regla… a pesar de que te lleven al mejor esteticista. Te dejé hecho un cromo… que sí, hombre, que sí, que no me dio la gana aceptar “vuestra” oferta, ni tampoco me dieron miedo las amenazas… Que una cosa es lo que dijera mi manager al concertar la pelea… y otra lo que pensaba yo en mis adentros. Que era mi último combate, que me podía llevar un buen pellizco, que, de todas formas, iba a perder, que vete tú a saber qué pasa con mi futuro, gansters,
que sois unos gansters… Pero como estoy sólo y poco me podéis quitar, sólo la vida, pues mira, me di el gusto de tirarte cuatro veces a la lona mientras en tu rincón no se creían lo que estaban viendo. Eso sí, aguantaste hasta el final. Y es que ya no soy el de antes. Hace unos años te habría tumbado y ni te habrías podido mover en el primer round. Ahora, con casi 40 años, no pego igual… pero vamos, que si no llega a ser por la compra de los árbitros ya me dirás tu como ibas a ganar… si ni me rozaste. Ya ves: algunos periódicos hablan de inhabilitación para los árbitros, de repetir el combate. Pero yo sé que no lo vais a consentir, que fue mi última pelea. Eso sí, cuando alguien te pregunte quien te ha cambiado la cara diles que fueron mis manos, las mías, las de Bob Acuña, un viejo, ya ves, pero que al que no le compra ni su padre.
Port
que sois unos gansters… Pero como estoy sólo y poco me podéis quitar, sólo la vida, pues mira, me di el gusto de tirarte cuatro veces a la lona mientras en tu rincón no se creían lo que estaban viendo. Eso sí, aguantaste hasta el final. Y es que ya no soy el de antes. Hace unos años te habría tumbado y ni te habrías podido mover en el primer round. Ahora, con casi 40 años, no pego igual… pero vamos, que si no llega a ser por la compra de los árbitros ya me dirás tu como ibas a ganar… si ni me rozaste. Ya ves: algunos periódicos hablan de inhabilitación para los árbitros, de repetir el combate. Pero yo sé que no lo vais a consentir, que fue mi última pelea. Eso sí, cuando alguien te pregunte quien te ha cambiado la cara diles que fueron mis manos, las mías, las de Bob Acuña, un viejo, ya ves, pero que al que no le compra ni su padre.
Port
jueves, 24 de diciembre de 2009
LUNA DE AVELLANEDA, DESPUES DE NAVIDAD
Cuando tengas un momento de duda, cuando vengan mal dadas, cuando estés a punto de arrojar la toalla, piensa en esta película, Luna de Avellaneda. Es un canto a la dignidad. Una película en la que se ve que la Naturaleza, la vida, sólo premia a los fuertes. Y que con la sensibilidad muchas veces tenemos que hacer un nudo alrededor del estómago para que no se te suba al corazón. Cuando creas que sufres la injusticia, el dolor, piensa solidariamente en aquellos que con una carrera universitaria en un punto perdido de Africa se arrojan al agua en una patera para perseguir sus sueños y vivir de lo que sea en un lugar extraño y que no conocen, si llegan a él, si antes no mueren ahogados en el mar. Piensa en los padres y madres que se quedan esperando sin poder volver a ver a sus hijos. Como dice Román, el personaje principal de la película, " es importante poderse mirar uno mismo a la cara con orgullo, sabiendo hacer frente a la frustración, la impotencia, la adversidad" El Club Social de Avellaneda ese lugar que el protagonista no quiere dejar que se pierda, tragado por una inmobiliaria, puede pasar, acabar su andadura, pero el camino sigue ahí.
Eliseo Subiela, Juan José Campanella y Adolfo Aristaraín forman la trilogía mágica del cine argentino, al menos para mí. Esta película pasa a formar parte de las míticas de mi vida, en las que se incluyen algunas otras como El lado oscuro del corazón, Tocando el viento (Brassing Off), Million Dollar´s Baby...películas que nos hacen sentir y reflexionar, que nos hacen amar lo mejor del ser humano y apreciar la lucha, el esfuerzo por no rendirse, por seguir en el envite. Películas como El Hijo de la Novia, Solas, Finisterre, La buena suerte, Agua, Deliciosa Marta, Catherina va a citta, La meglio iuventute...y tantas otras que me han llegado muy adentro, y que hacen pensar.
De Luna de Avellaneda recuerdo la secuencia inolvidable de la agonía del fundador del club, un viejo “gallego , Don Aquiles, interpretado magistralmente por Jose Luis López-Vazquez, en la que Román (Ricardo Darin) permanece a su lado en su agonía y le fabrica una luna con un foco a través de un biombo de la habitación de la clínica, porque la sala es interior y el viejito le pide que abra la ventana para ver la luna y está sólo y muriéndose. O también la escena final en la que Román, cuando se va a marchar derrotado porque han perdido la votación contra los que quieren vender e antiguo y deteriorado inmueble, encuentra el viejo carnet de niño que le hizo su padre y decide no huir, no abandonar y enfrentarse al destino diciendo "Amadeo…¿cómo se crea de nuevo un club?”
Y la memoria de su vida de chico de familia pobre y el momento en que la madre, en las fiestas anuales del barrio, le dice: "Tienes que divertirte sin dinero…no tenemos un mango… mira ese en la picana...tú también puedes ganar un premio...vamos. Subí, subí…” Y pasa algún tiempo y, en otro momento, él niño percibe el dolor interior de la madre y le dice: “Vamos, no estés triste…subí, subí”.
O cuando, Román, derrotado, le pide a Dios, a la Luna, a quien sea, algo, una salida, con esta frase: “Tírame, tírame un palo que no esté enjabonado…”. Pero no sale.
Y otra frase de Don Aquiles..."Se apagó la luz y nosotros nos fuimos acostumbrando a la oscuridad y al final veíamos mejor que nadie…y ganamos”
Y el recuerdo de su llegada como emigrante a la Argentina: “Me vio un ruso y me encontró sólo, así que dijo: Haz como si fueras mi hijo al pasar la aduana. Y así me encontré: sólo y con un padre ruso que acababa de conocer. Pero llegué aquí”.
Y, volviendo de nuevo atrás, a la Asamblea del Club para vender o continuar una tarea casi imposible, el representante de los que quieren vender dice “No podemos continuar así. La realidad no se arma con delirios. Si vendemos habrá trabajo para todos. Es un modo de recuperar la dignidad" . Y Román contesta: “Yo no tengo que recuperar la dignidad porque todavía no la perdí. Dentro de mi mismo se que hice lo que pude...estuve alguna vez a punto de no poder llevar la cabeza alta, pero no ocurrió. Y siento que, a veces, fui el mejor, moralmente el mejor”.
Cuando la votación se produce, ante la derrota de sus ideales Román dice: "Ganó la banca, perdió el punto, como siempre" Y se marcha...hasta que, al encontrar su carnet infantil en el bolsillo, pregunta a su amigo, que le ha apoyado siempre la frase que repito porque es todo un símbolo: "Amadeo....¿como se funda de nuevo un club?".
Eliseo Subiela, Juan José Campanella y Adolfo Aristaraín forman la trilogía mágica del cine argentino, al menos para mí. Esta película pasa a formar parte de las míticas de mi vida, en las que se incluyen algunas otras como El lado oscuro del corazón, Tocando el viento (Brassing Off), Million Dollar´s Baby...películas que nos hacen sentir y reflexionar, que nos hacen amar lo mejor del ser humano y apreciar la lucha, el esfuerzo por no rendirse, por seguir en el envite. Películas como El Hijo de la Novia, Solas, Finisterre, La buena suerte, Agua, Deliciosa Marta, Catherina va a citta, La meglio iuventute...y tantas otras que me han llegado muy adentro, y que hacen pensar.
De Luna de Avellaneda recuerdo la secuencia inolvidable de la agonía del fundador del club, un viejo “gallego , Don Aquiles, interpretado magistralmente por Jose Luis López-Vazquez, en la que Román (Ricardo Darin) permanece a su lado en su agonía y le fabrica una luna con un foco a través de un biombo de la habitación de la clínica, porque la sala es interior y el viejito le pide que abra la ventana para ver la luna y está sólo y muriéndose. O también la escena final en la que Román, cuando se va a marchar derrotado porque han perdido la votación contra los que quieren vender e antiguo y deteriorado inmueble, encuentra el viejo carnet de niño que le hizo su padre y decide no huir, no abandonar y enfrentarse al destino diciendo "Amadeo…¿cómo se crea de nuevo un club?”
Y la memoria de su vida de chico de familia pobre y el momento en que la madre, en las fiestas anuales del barrio, le dice: "Tienes que divertirte sin dinero…no tenemos un mango… mira ese en la picana...tú también puedes ganar un premio...vamos. Subí, subí…” Y pasa algún tiempo y, en otro momento, él niño percibe el dolor interior de la madre y le dice: “Vamos, no estés triste…subí, subí”.
O cuando, Román, derrotado, le pide a Dios, a la Luna, a quien sea, algo, una salida, con esta frase: “Tírame, tírame un palo que no esté enjabonado…”. Pero no sale.
Y otra frase de Don Aquiles..."Se apagó la luz y nosotros nos fuimos acostumbrando a la oscuridad y al final veíamos mejor que nadie…y ganamos”
Y el recuerdo de su llegada como emigrante a la Argentina: “Me vio un ruso y me encontró sólo, así que dijo: Haz como si fueras mi hijo al pasar la aduana. Y así me encontré: sólo y con un padre ruso que acababa de conocer. Pero llegué aquí”.
Y, volviendo de nuevo atrás, a la Asamblea del Club para vender o continuar una tarea casi imposible, el representante de los que quieren vender dice “No podemos continuar así. La realidad no se arma con delirios. Si vendemos habrá trabajo para todos. Es un modo de recuperar la dignidad" . Y Román contesta: “Yo no tengo que recuperar la dignidad porque todavía no la perdí. Dentro de mi mismo se que hice lo que pude...estuve alguna vez a punto de no poder llevar la cabeza alta, pero no ocurrió. Y siento que, a veces, fui el mejor, moralmente el mejor”.
Cuando la votación se produce, ante la derrota de sus ideales Román dice: "Ganó la banca, perdió el punto, como siempre" Y se marcha...hasta que, al encontrar su carnet infantil en el bolsillo, pregunta a su amigo, que le ha apoyado siempre la frase que repito porque es todo un símbolo: "Amadeo....¿como se funda de nuevo un club?".
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